La hora y la vez de Venezuela

por Emir Sader

Estar a favor del gobierno de Venezuela no es solo una cuestión política, pero también de carácter. Es vergonzoso como gente que pretende estar en el campo de la izquierda, instituciones con tradición de izquierda, partidos que en principio pertenecen al campo popular, quedan silenciosos o se valen de críticas al gobierno para justificar la falta de solidaridad con el gobierno de Venezuela.

Uno de los argumentos de mala fe es el de que habría que sortear la polarización entre gobierno y oposición, como forma de contornar la radicalización, que sería no estar de ningún lado. Es pretexto para no solidarizarse con un gobierno asediado por la derecha local y por el gobierno de los EEUU. Intelectuales suman críticas al gobierno para pronunciarse por la solidaridad “con el pueblo de Venezuela”, como si el pueblo del país no estuviera involucrado en la polarización.

Se puede no estar de acuerdo con aspectos de las políticas del gobierno de Maduro, pero ninguna crítica justifica una posición de equidistancia, porque nadie tiene dudas de que, caso se lograra la caída del gobierno, sería sustituido por un gobierno de derecha e incluso de extrema derecha, con durísimas medidas para los derechos de la masa de la población venezolana y para los intereses nacionales del país.

Hay todavía el argumento de que la izquierda latinoamericana no debiera estar solidaria con el gobierno de Maduro, que le daría legitimidad en toda la región, comprometiendo la imagen de las fuerzas progresistas latinoamericanas. Los que hablan de esa forma tiene un imagen particular de la izquierda, que no es de la izquierda realmente existente.

Una parte de esas posturas es reflejo de una ideología liberal. Lo único que hay para esa visión son democracia y dictadura. Y como el gobierno de Maduro no cabe en la concepción que tienen de democracia, lo clasifica inmediatamente de dictadura y centran su fuego en contra del gobierno, supuestamente aislado por una “sociedad civil” en rebelión contra la “tiranía”.

Para esos, aunque se digan de izquierda no existen ni capitalismo, ni imperialismo. No hay tampoco derecha, ni neoliberalismo. Las clases sociales desaparecen, disueltas en la tal “sociedad civil”, que pelea en contra del Estado. No toman en cuenta que se trata de un proyecto histórico anticapitalista y antimperialista.

Parece que no se dan cuenta que no se trata de defender un gobierno, sino un régimen y un proyecto histórico. Que si llegara a caer ese gobierno, cae todo el proyecto histórico iniciado por Hugo Chávez y Venezuela se sumaría a la recomposición neoliberal que hoy victimiza a Argentina y a Brasil.

Se puede ser de izquierda y ser crítico, pero peleando dentro de la izquierda, de las fuerzas antineoliberales, por el avance de esos procesos, nunca por su derrota. Porque la alternativa a esos gobiernos está siempre en la derecha, como Argentina y Brasil lo confirman, nunca en la extrema izquierda. Derrotar a gobiernos antineoliberales es abrir el camino a la restauración neoliberal, que es la única bandera de la derecha.

Lo que está en juego hoy no solo en Venezuela, sino también en Bolivia, en Ecuador, en Uruguay, en Argentina, en Brasil, es el destino de los más importantes gobiernos que América Latina ha tenido en este siglo: si se afirman y avanzan, si recuperan el camino donde la derecha ha retomado el gobierno o si la contraofensiva neoliberal vuelve a imponer la década nefasta en que imperó en nuestra región.

Esa es una razón más para que la izquierda exprese su apoyo y solidaridad con Venezuela. Hay horas en que el silencio es criminal, sea de dirigentes, sea de militantes, sea de intelectuales, sea de partidos, sea de instituciones, sea de gobiernos, sea de quien sea.

La crisis y la izquierda latinoamericana

por Emir Sader*

ALAI AMLATINA, 22feb2016.- Se puede decir que hay dos izquierdas en América Latina y que ambas padecen de crisis, cada una a su manera. Una es la que llegó a los gobiernos, empezó procesos de democratización de las sociedades y de salida del modelo neoliberal y que hoy se enfrenta a dificultades –de distinto orden, desde afuera y desde adentro– para dar continuidad a esos procesos. La otra es la que, aun viviendo en países con continuados gobiernos neoliberales, no logra siquiera constituir fuerzas capaces de ganar elecciones, llegar al gobierno y empezar a superar el neoliberalismo.

La izquierda posneoliberal ha tenido éxitos extraordinarios, aún más teniendo en cuenta que los avances en la lucha contra la pobreza y la desigualdad se han dado en los marcos de una economía internacional que, al contrario, aumenta la pobreza y la desigualdad. En el continente más desigual del mundo, cercados por un proceso de recesión profunda y prolongada del capitalismo internacional, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador han disminuido la desigualdad y la pobreza, han consolidado procesos políticos democráticos, han construido procesos de integración regional independientes de Estados Unidos y han acentuado el intercambio Sur-Sur.

Mientras que las otras vertientes de la izquierda, por distintas razones, no han logrado construir alternativas a los fracasos de los gobiernos neoliberales, de las cuales los casos de México y de Perú son los dos más evidentes, mostrando incapacidad, hasta ahora, de sacar lecciones de los otros países, para adaptarlas a sus condiciones específicas.

¿En qué consiste la crisis actual de las izquierdas que han llegado al gobierno en América Latina? Hay síntomas comunes y rasgos particulares a cada país. Entre ellos están la incapacidad de contrarrestar el poder de los monopolios privados de los medios de comunicación, aun en los países en los que se ha avanzado en leyes y medidas concretas para quebrar lo que es la espina dorsal de la derecha latinoamericana. En cada uno de esos países, en cada una de las crisis enfrentadas por esos gobiernos, el rol protagónico ha sido de los medios de comunicación privados, actuando de forma brutal y avasalladora en contra de los gobiernos, que han contado con éxitos en su gestión y un amplio apoyo popular.

Los medios han ocultado los grandes avances sociales en cada uno de nuestros países, los han censurado, han tapado los nuevos modelos de vida que los procesos de democratización social han promovido en la masa de la población. Por otro lado, destacan problemas aislados, dándoles proyecciones irreales, difundiendo incluso falsedades, con el propósito de deslegitimar las conquistas logradas y la imagen de sus líderes, sea negándolas, sea intentando destacar aspectos secundarios negativos de los programas sociales.

Los medios han promovido sistemáticamente campañas de terrorismo y de pesimismo económico, buscando bajar la autoconfianza de las personas en su propio país. Como parte específica de esa operación están las sistemáticas denuncias de corrupción, sea a partir de casos reales a los que han dado una proporción desmesurada, sea inventando denuncias por las cuales no responden cuando son cuestionados, pero los efectos ya han sido producidos. Las reiteradas sospechas sobre el accionar de los gobiernos producen, especialmente en sectores medios de la población, sentimientos de crítica y de rechazo, a los que pueden sumarse otros sectores afectados por esa fabricación antidemocrática de la opinión pública. Sin ese factor, se puede decir que las dificultades tendrían su dimensión real, no serían transformadas en crisis políticas, movidas por la influencia unilateral que los medios tienen sobre sectores de la opinión pública, incluso de origen popular.

No es que sea un tema de fácil solución, pero no considerar como un tema fundamental a enfrentar es subestimar el nivel en que la izquierda está en mayor inferioridad: la lucha de las ideas. La izquierda ha logrado llegar al gobierno por el fracaso del modelo económico neoliberal, pero ha recibido, entre otras herencias, la hegemonía de los valores neoliberales diseminados en la sociedad. “Cuando finalmente la izquierda llegó al gobierno, había perdido la batalla de las ideas”, según Perry Anderson. Tendencias a visiones pre-gramscianas en la izquierda han acentuado formas de acción tecnocráticas, creyendo que hacer buenas políticas para la gente era suficiente como para producir automáticamente conciencia correspondiente al apoyo a los gobiernos. Se ha subestimado el poder de acción de los medios de información en la conciencia de las personas y los efectos políticos de desgaste de los gobiernos que esa acción promueve.

Un otro factor condicionante, en principio a favor y luego en contra, fue el relativamente alto precio de los commodities durante algunos años, del que los gobiernos se aprovecharon no para promover un reciclaje en los modelos económicos, para que no dependieran tanto de esas exportaciones. Para ese reciclaje habría sido necesario formular y empezar a poner en práctica un modelo alternativo basado en la integración regional. Se ha perdido un período de gran homogeneidad en el Mercosur, sin que se haya avanzado en esa dirección. Cuando los precios bajaron, nuestras economías sufrieron los efectos, sin tener como defenderse, por no haber promovido el reciclaje hacia un modelo distinto.

Había también que comprender que el período histórico actual está marcado por profundos retrocesos a escala mundial, que las alternativas de izquierda están en un posición defensiva, que de lo que se trata en este momento es de salir de la hegemonía del modelo neoliberal, construir alternativas, apoyándose en las fuerzas de la integración regional, en los Brics y en los sectores que dentro de nuestros países se suman al modelo de desarrollo económico con distribución de renta, con prioridad de las políticas sociales.

En algunos países no se ha cuidado debidamente el equilibrio de las cuentas públicas, lo cual ha generado niveles de inflación que han neutralizado, en parte, los efectos de las políticas sociales, porque los efectos de la inflación recaen sobre asalariados. Los ajustes no deben ser trasformados en objetivos, pero si en instrumentos para garantizar el equilibrio de las cuentas públicas y eso es un elemento importante del éxito de las políticas económicas y sociales.

Aunque los medios de información hayan magnificado los casos de corrupción, hay que reconocer que no hubo control suficiente de parte de los gobiernos del uso de los recursos públicos. El tema del cuidado absoluto de la esfera pública debe ser sagrado para los gobiernos de izquierda, que deben ser los que descubran eventuales irregularidades y las castiguen, antes de que lo hagan los medios de información. La ética en la política tiene que ser un patrimonio permanente de la izquierda, la transparencia absoluta en el manejo de los recursos públicos tiene que ser una regla de oro de parte de los gobiernos de izquierda. El no haber actuado siempre así hace que los gobiernos paguen un precio caro, que puede ser un factor determinante para poner en riesgo la continuidad de esos gobiernos, con daños gravísimos para los derechos de la gran mayoría de la población y para el destino mismo de nuestros países.

Por último, para destacar algunos de los problemas de esos gobiernos, el rol de los partidos en su condición de partidos de gobierno nunca ha sido bien resuelto en prácticamente ninguno de esos países. Como los gobiernos tienen una dinámica propia, incluso con alianzas sociales y políticas con la centro izquierda, en varios casos, esos partidos deberían representar el proyecto histórico de la izquierda, pero no han logrado hacerlo, perdiendo relevancia frente al rol preponderante de los gobiernos. Se debilitan así la reflexión estratégica, más allá de las coyunturas políticas, la formación de cuadros, la propaganda de las ideas de la izquierda y la misma lucha ideológica.

Nada de eso autoriza a hablar de “fin de ciclo”. Las alternativas a esos gobiernos están siempre a la derecha y con proyectos de restauración conservadora, netamente de carácter neoliberal. Los gobiernos posneoliberales y las fuerzas que los han promovido son los elementos más avanzados que la izquierda latinoamericana dispone actualmente y que funcionan también como referencia para otras regiones de mundo, como España, Portugal y Grecia, entre otros.

Lo que se vive es el final del primer periodo de la construcción de modelos alternativos al neoliberalismo. Ya no se podrá contar con el dinamismo del centro del capitalismo, ni con precios altos de las commodities. Las clave del paso a un segundo período tienen que ser: profundización y extensión del mercado interno de consumo popular; proyecto de integración regional; intensificación del intercambio con los Brics y su Banco de Desarrollo.

Además de superar los problemas apuntados anteriormente, antes que todo crear procesos democráticos de formación de la opinión pública, dar la batalla de las ideas, cuestión central en la construcción de una nueva hegemonía en nuestras sociedades y en el conjunto de la región.

Hay que construir un proyecto estratégico para la región, no solo de superación del neoliberalismo y del poder del dinero sobre los seres humanos, sino de construcción de sociedades justas, solidarias, soberanas, libres, emancipadas de todas las formas de explotación, dominación, opresión y alienación.

* Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

 

La izquierda del siglo XXI

por Emir Sader

La izquierda realmente existente es una categoría histórica, que varía conforme las condiciones concretas de lucha. Ya fue una izquierda de “clase contra clase”, que incluía a corrientes anarquistas, socialistas y comunistas. Ya fue antifascista, conforme las corrientes de ultraderecha se fortalecían, especialmente en Europa. Ya fue democrática y popular, socialista, conforme las fuerzas propias que tenía y los enemigos a enfrentar.

Conforme el capitalismo ha ingresado en su era neoliberal, la izquierda ha asumido la centralidad de las tesis del libre comercio, de la mercantilización. Se planteó el desafío de la ruptura con el modelo neoliberal y la construcción de alternativas superadoras de ese modelo, que se han designado como posneoliberales.

Hace década y media esa perspectiva no estaba clara. ONG, algunos movimientos sociales, intelectuales, planteaban la lucha en el nuevo período como una lucha anti-política, anti-Estado, anti-partidos, proponiendo como su centro una “sociedad civil”, con límites no claramente definidos con el liberalismo. Proponían que los movimientos populares mantuvieran una “autonomía respecto a la política, al Estado, a los partidos”. Han impuesto esa orientación como predominante en los Foros Sociales Mundiales, con algunos movimientos como los piqueteros argentinos y los zapatistas mexicanos como los ejemplos de esa orientación.

Una década y media después, el campo de lucha quedó mucho más claro, no solo teóricamente, sino principalmente en el campo político concreto. Las fuerzas que se han fortalecido –especialmente en América latina, pero también en Europa– han sido las que han centrado su lucha en la superación del neoliberalismo. Han redefinido el rol del Estado, en lugar de oponerse a él. Han recuperado el lugar de la política y de los partidos, en lugar de rechazarlos. Tesis como las de Tony Negri y de John Holloway sobre el carácter reaccionario del Estado y la posibilidad de transformar el mundo sin tomar el poder, entre otras que personificaban esas teorías, han quedado superadas por la realidad, mientras el FSM se ha vaciado en manos de las ONG.

Son los gobiernos los que han logrado un inmenso proceso de democratización social en países como Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, eligiendo y reeligiendo gobiernos con amplio apoyo popular. Han surgido como las referencias de la izquierda en el siglo XXI. Han logrado la hazaña de avanzar a contramano de las corrientes predominantes en el capitalismo a escala mundial, disminuyendo la miseria, la pobreza, la desigualdad y la exclusión social.

Se han proyectado así como el eje y la referencia de la izquierda a escala mundial, con líderes reconocidos como Hugo Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa, entre otros. La realidad concreta ha probado quien tenía razón en el debate sobre la naturaleza de la izquierda en el nuevo período histórico.

Mientras esos liderazgos se han afirmado, las que debieran ser las referencias, han desaparecido –como es el caso que debiera ser paradigmático del “autonomismo piquetero”– o ha quedado reducidos a la intranscendencia –como es el caso de los zapatistas–. Todo ha pasado sin que los intelectuales que han propuesto a esa vía como alternativa hayan hecho mínimamente un balance de ese fracaso. Como son intelectuales desvinculados de la práctica política concreta, no tienen responsabilidades por lo que han escrito ayer y se dedican a otras tesis.

Muchos de ellos, fracasadas las tesis autonomistas, se han dedicado a la crítica de los gobiernos que han avanzado concretamente en la superación del neoliberalismo. Sin captar el carácter nuevo de esos gobiernos, los han tildado de “traidores”, de “extractivistas”, de “neodesarrollistas”, muchas veces aliándose con la derecha –la verdadera alternativa a esos gobiernos– en contra las fuerzas progresistas en esos países. No han captado la naturaleza esencialmente antineoliberal de esos gobiernos. Algunos intelectuales, latinoamericanos o europeos, pretenden ser la “conciencia crítica de la izquierda latinoamericana”, con sus posiciones desvinculadas de las luchas y las fuerzas concretas, sin que sus tesis hayan desembocado en la construcción de ninguna fuerza alternativa. Las alternativas a los gobiernos posneoliberales –como queda claro en Venezuela, en Argentina, en Brasil, en Uruguay, en Bolivia, en Ecuador– siguen siendo las viejas fuerzas de la derecha, mientras que las posiciones de ultraizquierda siguen en sus posturas críticas, sin ninguna ingerencia en las luchas concretas. No por casualidad sus defensores son intelectuales, que hablan desde sus cátedras académicas, sin ningún arraigo en las fuerzas sociales, políticas y culturales reales.

Mientras tanto, los únicos gobiernos que han avanzado en la superación de los políticas de centralidad del mercado, de eliminación de los derechos sociales, en la subordinación a la hegemonía imperial norteamericana, han sido los que han sabido definir la centralidad de la lucha contemporánea como la lucha antineoliberal.

No sólo en América latina, incluso en Europa, la definición de la centralidad de las luchas contemporáneas de la izquierda alrededor de la superación del modelo neoliberal, se impone, sea en España, en Portugal, o en Grecia, con la conciencia de que la lucha contra la austeridad es la forma que asume en Europa la lucha antineoliberal, relegando otras posiciones a los libros y a las cátedras académicas.

Incluso en el momento en que gobiernos posneoliberales enfrentan dificultades reales para pasar a una fase más avanzada de sus luchas, las posiciones ultraizquierdistas, que hablan del “fracaso” de esos gobiernos, no explican su propio fracaso, al no lograr construir ninguna fuerza alternativa a esos gobiernos, lugar ocupado por fuerzas de derecha. Hablan de “fin de ciclo”, cuando lo que se presenta no es la superación de un ciclo, sino formas de recomposición conservadora, de retroceso neoliberal, que no superan un ciclo, sino, al contrario, se proponen a retroceder a un ciclo anterior.

La izquierda del siglo XXI es, por lo tanto, antineoliberal, la que logra construir fuerzas concretas, alternativas bajo la forma de gobiernos, de plataformas, de grandes liderazgos contemporáneos. El resto son palabras que se lleva el viento, sin cambiar la realidad y, al parecer, ni la cabeza de los que las escriben y son derrotados junto con ellas.

La historia de la izquierda contemporánea está escrita y protagonizada por los que logran avanzar en la construcción de alternativas concretas al neoliberalismo.

Sader: “Nunca Estados Unidos estuvo tan aislado en América Latina”

El filósofo y sociólogo brasileño Emir Sader habla sobre los movimientos sociales, los gobiernos progresistas y las nuevas alianzas en América Latina.

por Diagonal Global

¿Qué indicios hay de que los gobiernos neoliberales de América Latina estén agotados?

Las tres grandes economías latinoamericanas, México, Argentina y Brasil, tuvieron crisis arrasadoras en los años 90 y principios de los 2000. Ya previamente comenzaba la elección de gobiernos antiliberales, pero antes se percibió un agotamiento claro. El ejemplo de México es evidente. Siempre digo que este país se casó con EE UU pensando que se casaba con una viuda rica y se casó con una viuda en quiebra. Lo que llegó fue capital para explotar mano de obra barata en la frontera, mujeres y niños, no grandes inversiones para modernizar el país. El modelo tuvo un apogeo fuerte, rápido, amplio, y después una caída muy acentuada.

Y en la actualidad, ¿se percibe una derechización de los gobiernos?

No. Creo que México, por ejemplo, aunque siguió siendo promovido como la alternativa latinoamericana, basta con ver cómo está. Perú es un país que siguió con un nivel de desarrollo económico elevado, pero con explotación extranjera de riquezas naturales y sin mejorar la situación social. Por otro lado, a pesar de la recesión internacional, los gobier­nos progresistas de Amé­ri­ca Latina consiguieron mantener un desarrollo alto y, principalmente, disminuir la desigualdad, la pobreza, la miseria, la exclusión social. Eso se mantiene, las políticas sociales son lo más importante de esos gobiernos. Y aunque se sintió el efecto de la recesión en el centro del capitalismo (Europa, Ja­pón, EE UU), no se entró en crisis porque hay mucho comercio entre estos países y mucho intercambio con China.

¿Ese equilibrio entre EEUU y China que define el siglo XXI en términos económicos es duradero?

Cabe una sospecha muy fuerte de que el siglo XXI será el de China. Ahora, no significa que vaya a haber una decadencia irreversible de la hegemonía norteamericana porque sigue siendo la única superpotencia en el mercado mundial en lo político, en lo militar, en lo tecnológico, aunque debilitada.

Probablemente esto se sustituirá un día por un mundo multipolar. Por eso es importante lo que hicieron los BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica– el año pasado durante su reunión en Brasil: crear un Banco de Desarrollo en lugar del Banco Mun­dial, un Fondo de Reservas en lugar del Fondo Monetario Internacio­nal… Ya hay síntomas de que se está construyendo un mundo multipolar, pero la hegemonía estadounidense sigue siendo determinante. Lo más importante no es lo político, lo económico o lo militar, es lo ideológico. Los valores globalizados son el modo de vida norteamericano, el estilo del centro comercial, el todo es mercancía… Ese estilo de consumo está en China, está en la periferia de nuestras grandes ciudades… Eso es hegemonía, cuando los que compiten contigo son tus víctimas e imponen tus valores.

¿Cómo afecta todo esto a América Latina?

En América Latina, EE UU nunca estuvo tan aislado. Se construyó la Comunidad de Estados Latinoa­me­ri­ca­nos y Caribeños (Celac), por primera vez una institución de integración que no tiene la huella de EE UU, y China convocó una reunión con los 33 Estados de la Celac para negociar acuerdos comerciales e inversiones. Ahora China tiene una política que les conviene: intercambios comerciales, compra de recursos naturales, energéticos, compra de soja, que infelizmente muchas veces se cultiva con transgénicos, pero que los países no pueden dejar de plantar porque China va a seguir comiendo cada vez más y, por tanto, también comprando cada vez más. Hoy en día la presencia de China es más importante que la de EE UU. Es el primer socio de muchos países importantes de América Latina.

¿Cuál es la figura de Brasil? ¿Ha asumido cierto papel de imperio frente a países como Ecuador o Bolivia?

Hoy sería difícil darle esa categoría porque la política internacional brasileña choca con la política norteamericana, son distintas, por intereses y alianzas diferentes. A la derecha no le gusta nada la política exterior brasileña, que por primera vez es relativamente solidaria. Ahora hay una presencia muy fuerte de empresas brasileñas en países como Para­guay, Argentina o Uruguay, y si no hubiera una política exterior más o menos solidaria sería un desastre porque los elementos del subimperio (Banco do Brasil, Petro­bras) están presentes. Hoy la relación es más o menos equilibrada, y aunque puede haber problemas, la actitud de colaboración es más importante que la de explotación.

¿En qué situación se encuentran los movimientos sociales en América Latina tras la llegada de estos gobiernos progresistas?

Los movimientos sociales sufrieron mucho con el neoliberalismo: desempleo, subempleo, represión… Cuando ganan a esos gobiernos, no ganan por la vía de las grandes movilizaciones, salvo en Ecuador y Boli­via, donde habían tumbado cinco gobiernos y decidieron crear un partido político, presentarse y ganar. Además, en Ecuador, Bolivia y Vene­zuela no hubo una continuidad del neoliberalismo: fracasó y se cayó, lo que facilitó tener gobiernos más avanzados. En países como Brasil o Argentina el neolibera­lismo fue devastador. En­ton­­ces, con gobiernos, digamos, que no reprimen, se mantiene una relación buena, pero hay herencias negativas: por ejemplo, la presencia de los agronegocios perjudica la política de reforma agraria en Brasil y Argen­tina, y hay políticas energéticas que chocan con los pueblos indígenas y movimientos ecologistas. Pero los movimientos sociales son conscientes de que la alternativa a esos gobiernos está siempre a la derecha, en ninguno de esos países existen partidos más radicales con fuerza. En Brasil hacen críticas justificadas respecto a la política agraria, pero aun así apoyan al Gobierno amenazado por la derecha, porque saben que políticamente sería peor el cambio.

Los movimientos sociales en Amé­­rica Latina no están viviendo un auge. Incluso en Bolivia y en Ecuador, a pesar de los conflictos, cuando llegan las elecciones se dice que hasta los indígenas votan a Morales y Correa. Tampoco los partidos, tanto los que ya exis­tían como los nuevos, encuentran su lugar en relación a los gobiernos. Alianza País en Ecua­dor, Mas-IPSP en Bolivia, el Partido So­cia­lista en Venezuela, no tienen demasiado protagonismo. Y depender demasiado del Gobierno es un problema, porque entonces éste no tiene una presión organizada de la izquierda.

 

 
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