Roma puede ayudar a Caracas

Maduro ringrazia per solidarietà, anche "da Roma" - Rai Newspor Maurizio Vezzosi 

Al poner de relieve las debilidades estructurales de la economía italiana, la emergencia del Covid-19 está produciendo la crisis más grave de los últimos 75 años, tanto en Italia como en el resto de la zona continental y mediterránea.

En otras zonas del mundo, como África y América Latina, la pandemia corre el riesgo de provocar el colapso – no pocas veces ya precario por la guerra económica – del sistema social de algunos países. Venezuela, como señaló recientemente la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, es uno de los países más afectados por este riesgo.

Como ya ha informado Affari Italiani, según los investigadores estadounidenses Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs, en el período 2017-2018 las sanciones impuestas a Venezuela habrían matado a unas cuarenta mil personas. A estos datos, ya muy graves, se añaden las serias dificultades que enfrenta Caracas en relación con las sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea, como las interrupciones en el flujo de agua potable, electricidad, distribución de alimentos y medicinas.

El Financial Times también ha destacado la necesidad de eliminar las sanciones contra Caracas, aunque sólo sea para hacer posibles las intervenciones sanitarias necesarias.

A pesar de la pandemia y de una situación ya de emergencia, hace unos días los Estados Unidos enviaron algunas unidades de la Marina a las costas de Venezuela con la intención de luchar contra el “narcoterrorismo” del que se acusa al presidente Nicolás Maduro, entre otros. A esta acusación, ya de por sí surrealista, se ha añadido la imposición de una recompensa de 15 millones de dólares prometida por la Casa Blanca por su captura. Un número de unidades navales de Francia y Gran Bretaña también participan en las maniobras americanas.

Las acusaciones liquidadas como “miserables” por Caracas, no se pueden comparar con los datos que han puesto a disposición las mismas agencias estadounidenses de WOLA (Oficina de Washington para América Latina) y DEA (Drug Enforcement Administration), así como con los datos de la ONUDD (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito) de las Naciones Unidas.

Pino Arlacchi, ex director de oficio de la ONUDD, utilizó términos duros para comentar las acusaciones de la Casa Blanca: “No hay […] ningún comercio ilegal actual de narcóticos entre Venezuela y los Estados Unidos. […] El informe de la ONU que ofrece el cuadro más detallado menciona a México, Guatemala y Ecuador como los puntos de tránsito de las drogas hacia los Estados Unidos. Y la evaluación de la diosa menciona a los famosos narcos mexicanos como los principales proveedores del mercado de EE.UU.”.

El unilateralismo de las sanciones apoyado por la Presidencia de los Estados Unidos impide efectivamente cualquier relación económica significativa entre Venezuela y su principal socio económico natural, los Estados Unidos. Además de tener como objetivo a Venezuela, en América Latina el sistema de sanciones de los Estados Unidos viene afectando desde hace mucho tiempo a países políticamente cercanos a Caracas, como Cuba y Nicaragua. Además de las sanciones apoyadas por Washington, también hay otras apoyadas por la Unión Europea desde 2017, sanciones que incluyen la congelación de los activos de diversos funcionarios, así como la prohibición de acuerdos relacionados con la industria de la defensa.

Tal es la gravedad de la situación provocada por el sistema de penalización -y agravada por la tendencia de los precios del petróleo- que la empresa petrolera PDVSA no ha podido trabajar durante mucho tiempo. Como poseedor de los mayores derrames de petróleo del mundo, Venezuela se ve absurdamente obligada a importar hidrocarburos refinados del extranjero.

La empresa rusa Rosneft también ha sido sancionada recientemente por los Estados Unidos en relación con sus actividades en Venezuela: una sanción a la que el Kremlin ha respondido vendiendo los activos propiedad de Rosneft en Venezuela a otra empresa bajo control público ruso, sacando así a Rosneft del vicio de la sanción.

Con el tema de las ambigüedades relativas al reconocimiento político de la presidencia venezolana – el asunto Guaidò – al gobierno de Caracas se negó la solicitud de apoyo económico – de cinco mil millones de dólares – presentada al Fondo Monetario Internacional para hacer frente a la pandemia del Covid-19 y sus consecuencias.

Hace unos días, Estados Unidos ofreció a Venezuela la suspensión de las sanciones a cambio de la formación de un gobierno interino que excluya tanto a Nicolás Maduro como a Juan Guaidó: una propuesta, la mencionada por el Secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo, que quiere aprovechar las dificultades producidas por el bloque económico y la conducta no siempre ejemplar de la oposición local, frecuente protagonista de la violencia y los bloqueos en la distribución de alimentos.

Rechazando las palabras de Mike Pompeo, el Presidente Nicolás Maduro escribió una carta abierta con la esperanza de que se superara el “unilateralismo sin medida” en favor del diálogo y la cooperación. En cuanto al autoproclamado Juan Guaidò, Italia fue uno de los pocos países europeos que no se aplanó en posiciones alejadas de sus propios intereses nacionales, apoyando en cambio, aunque con gran moderación, un punto de vista pragmático y razonable. Esto confirma la gran importancia diplomática que Italia puede asumir, el hecho de que asi Guaidò ha impedido su reconocimiento unánime por la Unión Europea.

Por otra parte, la insuficiencia de ciertos grupos venezolanos, atestiguada por las posiciones ferozmente antigubernamentales, es bien conocida también en Washington.

Una posición muy razonable ha sido tomada y publicada en una nota del gobierno argentino de Alberto Fernández: “En medio de la crisis que estalló a causa de la pandemia del coronavirus debemos actuar con respeto y solidaridad hacia Venezuela y todos los países afectados a través de un diálogo que incluya a todos. […] Es la única manera de poner fin a la exclusión social, la depredación del medio ambiente y la avaricia de la especulación. [El problema] debe ser resuelto por los propios venezolanos sin presión externa ni condicionamientos”.

Por su parte, la Santa Sede ha subrayado en varias ocasiones que la humanidad no puede permitirse de ninguna manera nuevas formas de colonialismo, ni para Venezuela, ni para el resto de la región amazónica. El Papa Francisco, con la mirada vuelta a Caracas, también denunció las amenazas a la dignidad humana, y exhortando a los pueblos de América Latina a redescubrir su sentido de comunidad, reafirmó la necesidad del diálogo social.

Con motivo de la bendición de la Pascua del pasado domingo urbi et orbi, el Papa, renovando su invitación al diálogo, pidió la flexibilización de las sanciones internacionales contra Venezuela así como contra otros países que las están sufriendo. “En vista de las circunstancias, las sanciones internacionales que inhiben la posibilidad de que los países a los que se dirigen presten un apoyo adecuado a sus ciudadanos también deberían relajarse y todos los Estados, especialmente los más pobres, deberían ser capaces de satisfacer las mayores necesidades del momento, reduciendo, si no perdonando siquiera, la deuda que pesa sobre sus presupuestos”.

En el contexto de la emergencia que enfrenta el mundo, es esencial hacer todos los esfuerzos posibles para asegurar la estabilidad de Venezuela y la necesidad de garantizar sus necesidades básicas. Por lo tanto, es deseable relanzar las relaciones bilaterales que puedan redescubrir el espíritu de los acuerdos de cooperación económica firmados en Caracas en 2001 entre Italia y Venezuela – y renovados durante las visitas de Hugo Chávez a Italia – así como el acuerdo de cooperación médica entre Roma y Caracas firmado en 2010.

En vista de la necesaria reactivación de la industria italiana y, en particular, de sus sectores estratégicos, es necesario explotar plenamente el potencial complementario de las economías de Roma y Caracas, aumentando por una parte las importaciones de materias primas de las que Venezuela es muy rica (especialmente hidrocarburos y metales comunes y preciosos) y por otra parte las exportaciones de productos mecánicos, químicos, farmacéuticos y de prendas de vestir. Una perspectiva de acuerdo deseable y ventajosa, tanto para Roma como para Caracas, así como para los equilibrios internacionales.

 

Il fantasma del Comandante Mozgovoi nella morsa della guerra

Il fantasma del Comandante Mozgovoi nella morsa della guerradi Maurizio Vezzosi – lantidiplomatico.it
 
Ad un anno dall’uccisione del Comandante Alexey Mozgovoi della Brigata Prizrak (in russo: Fantasma) riproponiamo questo racconto a lui dedicato scritto a pochi giorni dalla sua uccisione e originariamente pubblicato da Carmilla on-line. Ad introdurlo alcune delle sue parole sulla lotta contro le oligarchie, dentro una guerra che con il benestare dell’Occidente insangua il Donbass e l’Ucraina da quasi due anni.
 
 
Coloro che hanno volontà, cercano una via! Quelli che non ce l’hanno, cercano una scusa! […] Non siete stanchi della corruzione? Tangenti negli ospedali, tangenti nelle scuole, negli asili, tangenti in qualsiasi struttura pubblica. Non siete stanchi dell’illegalità nel governo – a tutti i livelli, dai funzionari locali al presidente? Non siete stanchi di lavorare per un pugno di briciole, quando i cosiddetti “padroni” delle fabbriche e delle miniere, costruite dai vostri padri nel periodo sovietico hanno sempre le mani in pasta e comprano qualunque cosa a chiunque vogliano? E tu devi vivere dentro il recinto che loro hanno stabilito? Non siete stanchi di questo? 
[…] Pensate che il sistema scolastico funzioni bene? Non credo. Ed è così dappertutto. Per quanto tempo ci siamo lamentati contro le pratiche scorrette della polizia? Nessun risultato. Fino a quando non cominceremo per davvero a combattere contro tutto questo, non cambierà nulla. Continueremo a parlarne a tavola, incolpando il governo per questo o per quello… Ma se non agiamo, il governo continuerà solo ad annuire e a farsi gli affari propri. […] Mentre la gente comune… non se la passa così bene. Così, signori intelligenti e colti, che pensate alle nostre idee come un’utopia – unitevi a noi. E datevi almeno un pochino da fare per renderle realtà. Così che questa idea non scompaia senza lasciare traccia. Per questo – non abbiamo bisogno di discussioni teoriche sul fatto che siano o meno utopia, ma di un sacco di duro lavoro. E dovete combattere, come stiamo combattendo ora. 
 
Alexey Mozgovoi 
3 Aprile 1975, 23 Maggio 2015 
 
 
I fantasmi del Donbass nella morsa della guerra
 
In quest’angolo di Europa i tempi che corrono sembrano quelli dell’Operazione Barbarossa.

Scuole e ospedali bombardati, villaggi in fiamme, interi centri abitati cancellati, di fatto, dalle cartine geografiche: migliaia di vite spezzate.

Niente di nuovo da queste parti, niente di diverso da quanto messo in atto da quegli “uomini in divisa dal colore dei lupi” ormai più di settant’anni or sono.
Niente di nuovo muove la furia dei battaglioni punitivi dell’operazione ATO dei golpisti di Kiev: odio razzista, anticomunismo, violenza cieca.

Niente di nuovo, niente di diverso anima la determinazione di chi vi si oppone: fermare il fascismo. E’ questo l’imperativo dei partigiani che, insorgendo, hanno proclamato la nascita delle Repubbliche Popolari di Lugansk e Donetsk.
Una storia per certi aspetti già vista, che quasi non si dovrebbe aver bisogno di raccontare.

Sono i primi giorni di Aprile, e nevica. L’asfalto è ghiacciato, e camminare all’aperto senza scivolare è davvero difficile.

Scriviamo da Kommissarovka, nella Repubblica Popolare di Lugansk. Un piccolo villaggio a qualche chilometro dal fronte, molto vicino a Debalstevo: qui si è svolta una battaglia fondamentale dove le milizie popolari hanno piegato i battaglioni punitivi di Kiev costringendo alla resa oltre mille soldati e facendo man bassa di mezzi e armamenti.

Qui, in un vecchio carcere ex sovietico – e poi ucraino – c’è una della basi della Brigata Prizrak (in russo: fantasma) il cui comandante, Alexey Mozgovoy, è stato di recente vittima di un attentato che non gli ha lasciato scampo.

Proprio a Kommissarovka lo abbiamo incontrato per la prima volta insieme all’addetta stampa della Brigata Anna Aseeva e agli uomini della scorta, vittime a loro volta di uno dei tanti crimini che la giunta golpista di Kiev ha sul proprio conto.

Una passeggiata nei corridoi di questo complesso carcerario farebbe ricredere forse persino i più ostinati denigratori della resistenza portata avanti dalle milizie popolari.

All’ex carcere si accede attraversando la soglia di un massiccio cancello blindato e lambendo un profondo fossato utilizzato per le ispezioni dei controlli di sicurezza. Il filo spinato circoscrive il perimetro della base insieme a muri di cemento armato e torrette di avvistamento.

Il cannone di un imponente T-64 di produzione sovietica dà il benvenuto a chi varca il cancello: fissata alla sua torretta sventola una bandiera rossa con una falce e martello.

“Dobro pagialovat”, ci dicono i miliziani. Benvenuti, benvenuti nella casa dei fantasmi.

Fuori l’aria è gelida, e la nebbia fittissima ci permette a malapena di scorgere la cima di un traliccio per le trasmissioni radio, qualche metro oltre le mura della base.

Camminare nella campagna circostante non è affatto una buona idea: il rischio di urtare accidentalmente ordigni inesplosi o di innescare mine è decisamente concreto.

Varcando il cancello e la spessa coltre di nebbia spostata dal vento finiamo per essere inghiottiti da un’ acre nube di fumo. A ridosso di una delle tante mura di recinzione di questo ex carcere un miliziano è alle prese con un fuoco alimentato da legna zuppa e da vecchi mobili fatti a pezzi alla meglio. Da un lato una pila di fascicoli di carta fradicia: un via vai di gente giovane, e meno giovane, si dà da fare per prendere nei vecchi uffici devastati dai combattimenti le carte della polizia ucraina in modo da dare animo alle fiamme. Cani e gatti, che hanno trovato riparo in questa vecchia prigione, osservano sotto una tettoia.

L’umidità della legna, ma anche il metodo – non esattamente scientifico – utilizzato per alimentare il fuoco appestano l’aria che respiriamo. Sono le dieci, ma già un pentolone, annerito come le rughe dei più indaffarati, bolle sul fuoco per cuocere il pranzo della brigata.

Dopo quattro, cinque rampe di scale percorriamo alcuni corridoi interminabili e angusti, verniciati dalla polizia ucraina con un fastidioso smalto celeste.

 

A terra ancora i segni dei feroci combattimenti a cui le milizie sono state costrette per liberare il complesso dai battaglioni punitivi: attraversiamo una stanza dove venivano fatti i colloqui tra detenuti e familiari. Gli scarponi dei miliziani spezzano il tappeto di bossoli e di vetri che circoscrivevano gli spazi di detenzione.


Poco più in là c’è una stanzetta, nel centro di un altro corridoio che quasi non riceve luce naturale. In alto disegni di cani, gatti e fantasiose creature ci fanno intuire che quello spazio dovesse essere destinato agli incontri tra genitori detenuti e figli. Ma un gran trambusto non permette di rifletterci molto. Alcuni pentoloni ammaccati e fumanti vengono rapidamente disposti in un angolo della stanzetta e in un baleno compare di fianco al muro una fila di miliziani che attendono di buon grado il proprio turno.

Il posto a sedere per tutti non c’è, e di conseguenza qualcuno mangia in piedi, qualcun altro sposta il fucile per fare spazio al proprio compagno. Ci si stringe.

Chi ha finito si alza e fa sedere gli altri. Nelle scodelle dei miliziani ci sono sempre – più o meno – le stesse cose: pasta cotta fino a farla diventare un’indistinta poltiglia, un brodo da versarci sopra, con qualche pezzo di carne.
Tre fette di pane. E una tazza di tè. Ma a volte ci sono anche marmellata, burro e sottaceti, ci assicurano.


Anche questa è la guerra. Diamo il buon appetito a tutta la compagnia. Qualcuno rimane indifferente, altri ricambiano rispondendo in italiano, altri – forse i più sinceri – sgranano gli occhi e alzando i sopraccigli ridimensionano il nostro zelo.

I più disinvolti vengono da noi e si meravigliano, anche con una certa insistenza, del fatto che degli italiani accettino di mangiare – persino sorridendo – qualcosa che, lontano dalla guerra, si guarderebbero bene di avvicinare alla bocca. “Korrispondent” ci chiamano, ma non passa qualche ora che siamo già diventati “gli italiani”, i compagni italiani.

Su indicazione del comandante alcuni miliziani ci mostrano quella che per alcuni giorni sarà la nostra sistemazione: una stanzetta a cui si arriva facendosi largo tra vetri in frantumi, vecchi mobili, polvere e spazzatura. A parte due vecchie brande sradicate dalle celle, nella stanza non c’è nient’altro. Una stufetta elettrica non ha la meglio sul freddo che nei corridoi soffia come soffia nella campagna circostante. Come chiunque abbia dormito qui per qualche giorno, siamo costretti ad arrangiarci andando alla ricerca di quello che ci serve, a volte chiedendolo ai miliziani, a volte rovistando tra i cumuli di spazzatura e cianfrusaglie a cui sono ridotte le stanze dell’edificio.
Diamo una mano a spaccare la legna per il fuoco, e il nostro impegno viene apprezzato molto.

Qualcuno ci offre delle caramelle. Altri del latte condensato. Qualcuno ci porta un’altra stufa elettrica, o del tè, che molti ci invitano a consumare nelle loro camerate dove, seduti sulle brande, si cerca di combattere il freddo: avvolgendo con le mani una tazza d’alluminio rovente, ascoltiamo i racconti della vita di questi ragazzi venuti a combattere qua da ogni angolo dell’ex Unione Sovietica. Dalla Moldova alla Kamchatka. Spesso fanno lavori semplici, semplici come il loro modo di fare, che a volte può sembrare scontroso. Ma ci si rende conto ben presto che il fare brusco, senza fronzoli, non è che l’irruenza della sincerità di cui è impregnato ogni loro singolo sguardo.

Molti sono convintamente comunisti: alcuni in modo riservato, senza far rumore, altri rivendicandolo a piena voce e sfoggiando orgogliosamente cimeli sovietici nelle loro camerate e nelle loro uniformi, che spesso di uniforme hanno ben poco.

Nella sua stanza il comandante, un quarantenne ucraino dagli occhi di ghiaccio, ha disposto con cura bandiere rosse e un gagliardetto con il volto di Lenin.

Altri, comunisti non sono, e non lo so mai stati. Ed anzi, prima di questa guerra per i comunisti non provavano nessuna simpatia, ci assicurano, mentre adesso i comunisti sono rispettati anche dai loro naturali nemici. Almeno per il momento.

Riflettiamo, passeggiando nei sotterranei dell’ex carcere. Qui oltre alle docce, un deposito di armi e munizioni, un magazzino di medicinali e varie officine per la manutenzione, ci sono delle stanze con una porta blindata e un piccolo oblò in vetro, che quasi ricorda quello delle porte stagne delle imbarcazioni: sono le vecchie celle del regime di detenzione duro, riservate a chi infrangeva la disciplina carceraria o era sottoposto a una sorveglianza speciale.
Una finestra di pochi centimetri quadrati, due brande attaccate al muro.

Un’umidità impressionante che rende l’ambiente malsano e maleodorante. Chiunque dorma qui si ammala, ci assicurano Xavi ed Eloy, due medici spagnoli che offrono servizio d’assistenza sanitaria alla brigata: febbre, bronchiti, problemi respiratori.


Ma i ragazzi che dormono qui non si fanno grossi problemi: durante i bombardamenti l’intera brigata era ammassata nei sotterranei dopo l’evacuazione dei piani superiori.

Passeggiando a qualche centinaio di metri dalla base, davanti a uno dei chioschi del villaggio un ragazzetto ci si fa incontro con il fare di uno che ha voglia di parlare. Gli spieghiamo chi siamo ed il perchè ci troviamo in Donbass. “Guardate che fanno i fascisti” dice alzandosi la maglietta e mostrandoci lo squarcio di una cicatrice che gli attraversa il busto.

“Voinà”, si sente ripetere tra la gente e anche i meno attenti finiscono ben presto per comprendere il significato di questa parola.

Poco dopo ci ritroviamo a camminare nello stesso corridoio dove qualche ora prima i miliziani attendevano il proprio pasto, mentre il sole sta tramontando.

Una foto attaccata al muro richiama la nostra attenzione: è la foto di un nostro amico, un volontario bielorusso. Si fa chiamare Variak. Sotto il suo volto la sua data di nascita, del 1975, e quella del giorno che ci stiamo lasciando alle spalle.

E’ morto.

Nei pressi del posto di blocco dov’era di stanza ha urtato un ordigno inesploso, che non gli ha lasciato scampo. Ci si annoda lo stomaco: sconforto, rabbia, odio.

Trangugiamo, quasi senza accorgerci di farlo, qualche fetta di pane affogata nel brodo. Serrati, nella morsa della guerra, i nostri occhi si fissano sulla patina d’olio che ricopre la zuppa e lambisce l’acciaio della scodella. Nella morsa di una guerra.

Nella morsa di una guerra che non fa sconti a chi avuto il coraggio di guardarla in faccia, senza curarsi di dare tutto per un domani migliore.

9 Maggio: ricordando i partigiani sovietici caduti in Italia

Fianco a fianco. Il 9 Maggio ricordando i partigiani sovietici caduti in Italia per la liberazione dal nazifascismoa cura di Giacomo Marchetti e Maurizio Vezzosi – lantidiplomatico.it

Furono circa cinquemila i cittadini dell’ex-Unione Sovietica che combatterono al fianco dei partigiani in territorio italiano: di questi oltre quattrocento sacrificarono la propria vita per la Liberazione del nostro paese.
 

Catturati durante l’Operazione Barbarossa, con cui la Germania nazista, l’Italia fascista e i loro alleati aggredirono l’URSS nel 1941, si ritrovarono in Italia con differenti ruoli: come prigionieri, come ausiliari, o come lavoratori dell’apparato bellico del Reich in territorio italiano. Molti di loro riuscirono a fuggire, spesso in maniera rocambolesca, andando ad ingrossare le fila della Resistenza sin dal suo nascere.
Il loro contributo, vista l’esperienza militare acquisita nell’Armata Rossa, e il loro sprezzo del pericolo, fu preziosissimo per l’attività partigiana. Alla luce degli altri partigiani essi incarnavano la prova vivente della possibilità di sconfiggere il nazismo anche in condizioni disperate, come aveva dimostrato la vittoriosa battaglia di Stalingrado.
Nonostante la valenza di questa pagina della nostra storia ed il ricordo conservato nelle zone che ne furono interessate, in un clima di revisionismo sempre più cupo quest’aspetto della Resistenza è stato col tempo rimosso, ed il venire meno dei testimoni diretti di quei fatti, ossia gli italiani che combatterono al fianco dei sovietici, ha contribuito ad indebolirne la presenza tra le maglie della memoria sociale.
Considerando inoltre l’ostilità nei confronti della Federazione Russa e la stigmatizzazione negativa, spesso caricaturale, che ne fa l’Occidente,  si comprende di non poter correre il rischio di consegnare all’oblio una pietra miliare della storia condivisa  dal popolo italiano e dai popoli che di quella che fu l’Unione Sovietica.

 

Anche quest’anno in occasione del 9 Maggio, l’anniversario della vittoria sovietica sul nazifascismo, l’associazione Russkij Mir di Torino ha celebrato la memoria dei partigiani sovietici sepolti nel Sacrario della Resistenza del Cimitero Monumentale cittadino.
Abbiamo approfittato di questa occasione per intervistare Anna Roberti, storica animatrice dell’associazione Russkij Mir di Torino ed il nipote di Michail Molčanov,  – un partigiano siberiano che combatté in Valle d’Aosta –  quest’anno presente alle celebrazioni torinesi. Michail Molčanov fece parte della 3ª Brigata Lys, appartenente alla 2ª Divisione Matteotti Valle d’Aosta, la prima banda partigiana attiva nella bassa Valle d’Aosta – Valle del Lys, nota anche come Valle di Gressoney -.
Riportiamo in corsivo le domande che abbiamo sottoposto ad entrambi, indicando prima delle loro risposte le rispettive iniziali – A.R. e S.M. -.

 

Insieme a Marcello Varaldi lei è autrice del documentario “Ruka ob ruku. Fianco a fianco”, documentario che tratta il tema dei partigiani sovietici attivi in Piemonte.

Può darne un sintetico inquadramento?

 

A.R.: Mauro Galleni, il primo che negli anni Sessanta scrisse della partecipazione dei soldati dell’Armata Rossa alla Resistenza italiana, valutò che in Piemonte essi furono più di settecento ma, ad oggi, un censimento completo non è stato ancora fatto.

Erano dislocati soprattutto nella provincia di Torino – in particolare in Valsusa – , in quelle di Novara e Cuneo, ma anche nell’astigiano, nell’alessandrino e nelle Langhe. Parteciparono alle più importanti azioni, come la battaglia di Gravellona, la difesa della Repubblica dell’Ossola e l’incursione all’Aeronautica di Torino-Collegno dell’agosto 1944 per l’approvvigionamento di armi.

Almeno 60 caddero in combattimento e si distinsero in atti eroici, alcuni furono decorati, come Fedor Poletaev e Pore Mosulišvili, insigniti dallo Stato italiano della Medaglia d’Oro al Valor militare.

Il 25 Aprile 1945 i primi soldati ad entrare nelle città italiane del Nord liberate non furono gli americani, ma i sovietici insieme ai loro compagni.

 

Con Mario Garofalo ha realizzato il documentario “Nicola Grosa. Moderno Antigone” premio “Memoria storica” al Valsusa Film Festival.

A Grosa ha dedicato anche la sua successiva ricerca: “Dal recupero dei corpi al recupero della memoria. Nicola Grosa e i partigiani sovietici nel Sacrario della Resistenza di Torino”. Perchè?

 

A.R.: Nicola Grosa, nato nel 1904 in una famiglia torinese operaia e socialista, era entrato nel Partito Comunista subito dopo la sua fondazione; nel 1922 comandava la I Centuria degli “Arditi del popolo” torinesi e scontò alcuni mesi di reclusione per uno scontro con delle squadre fasciste.

Conosciuto come “Comandante Nicola”, durante la Resistenza divenne uno dei principali promotori della lotta partigiana: fu commissario politico della 46ª  Brigata Garibaldi, successivamente della II Divisione d’Assalto Garibaldi. Nel marzo 1945 fu nominato vice-commissario della III zona (valli di Lanzo e Canavese).

Dopo la Liberazione, per ben quindici anni Grosa fu organizzatore e presidente dell’A.N.P.I. provinciale torinese e responsabile della “Sezione Partigiani” presso l’Ufficio assistenza post-bellica della Prefettura di Torino. Fu altresì consigliere comunale comunista di Torino dal 1951 al 1970, quando dovette ritirarsi per motivi di salute.

L’impresa che gli procurò maggiore fama e riconoscenza fu quella che, per anni e anni, lo vide dedicarsi fisicamente al recupero delle salme dei partigiani (italiani e stranieri) sparsi in piccoli camposanti, in montagna, in pianura, sulle colline, ovunque si fosse combattuto, affinché fossero tumulati nel Campo della Gloria e poi nel nuovo Sacrario della Resistenza del Cimitero Monumentale di Torino.

Si ritiene che in tutto le salme da lui recuperate siano circa novecento.

Per quanto riguarda gli stranieri, dai dati in nostro possesso risultano disseppelliti da Grosa e collocati nel Sacrario della Resistenza un inglese, un tedesco, un austriaco, due francesi, due polacchi, due cecoslovacchi, una decina di jugoslavi e una trentina di sovietici, di cui alcuni conosciuti col solo nome di battaglia. Sono inoltre una sessantina i partigiani completamente ignoti che Grosa disseppellì da varie località del Piemonte e non è escluso che anche alcuni di questi resti appartengano a dei sovietici.

Per quest’opera gli fu conferita nel 1964 la “Stella d’oro garibaldina” e anche un’onorificenza da parte del Governo sovietico.

Nicola Grosa morì nel 1978, provato dai lunghi anni trascorsi a raccogliere, a mani nude, i resti di centinaia di compagni partigiani.

 

L’associazione Russkij Mir, a Torino, oltre a promuovere dal 2005 la celebrazione del 9 Maggio, come sviluppa la propria attività di ricerca e di ricostruzione storica?

 

A.R.: L’associazione Russkij Mir di Torino, che ho diretto per 20 anni e di cui ora sono Presidente onorario, fu fondata nel 1946 come Italia-URSS, Associazione italiana per i rapporti culturali con l’Unione Sovietica; si occupa di diffondere la lingua e la cultura russa, delle repubbliche ex-sovietiche e dei paesi dell’Est europeo.

Da alcuni anni porta avanti un importante lavoro di “memoria storica” incentrato sul contributo russo-sovietico alla sconfitta del nazifascismo.

Nel 2003, sessantesimo anniversario della Battaglia di Stalingrado, ha partecipato al Concorso internazionale indetto dalla radio Golos Rossii (La voce della Russia) e dalla città di Volgograd-Stalingrado, vincendo il premio speciale della giuria per i contributi scritti dai suoi soci.

Nel 2004, alla vigilia delle celebrazioni del 60° anniversario della vittoria sul nazifascismo, sentendo nominare quasi esclusivamente lo sbarco in Normandia e il ruolo degli alleati anglo-americani, Russkij Mir ha deciso di impegnarsi in un ambizioso progetto che ricordasse, soprattutto ai giovani, i 30 milioni di morti da parte sovietica e il fatto che per tre anni, dal Giugno 1941 – invasione nazista dell’URSS – al Giugno 1944 – sbarco degli anglo-americani in Normandia -, il fronte orientale fu l’unico a sostenere l’impatto delle forze armate naziste e a tenerle impegnate, contrattaccandole in maniera decisiva nell’estate del 1943.

Altri fatti stavano cadendo nell’oblìo ma era necessario che fossero ricordati:  come il notevole contributo dato dai partigiani sovietici alla lotta di Liberazione in Italia,  così come che fu l’Armata Rossa ad “aprire i cancelli” del lager di Auschwitz,

Tra l’Aprile ed il Maggio 2005, quindi, Russkij Mir ha proposto un complesso programma di iniziative sotto il nome di “Pabièda!/Vittoria!”, con la collaborazione di importanti enti e istituzioni italiane e russe.

Dal 2008 Russkij Mir, in collaborazione con il Museo Diffuso di Torino, ha partecipato al “Giorno della Memoria” presentando filmati storici originali dalle serie di documentari “La Grande Guerra Patriottica” di Roman Karmen, in lingua originale con traduzione simultanea.

 

Sergej Molčanov, qual’è secondo lei il significato che assume attualmente il 9 Maggio per la popolazione della Federazione Russa, e in che modo vengono ricordati i cittadini dell’allora Unione Sovietica che combatterono nella Resistenza in Europa?

 

S.M.: Il 9 Maggio è una festa di tutto il popolo: quasi in ogni famiglia c’è stato un caduto durante la Seconda Guerra Mondiale, e per questo non verrà mai meno il loro ricordo, così come questa celebrazione. Il 9 Maggio, oltre alla parata militare, in Russia si svolge la sfilata del cosiddetto “Reggimento Immortale”: tutti i parenti dei caduti sfilano in piazza con la fotografia del loro caro morto durante la guerra.

 

La vicenda di suo nonno è oltremodo significativa. Fatto prigioniero vicino a Mosca, trasferito successivamente in Italia riuscì a fuggire e ad entrare tra le fila delle brigate partigiane. Tornato in Patria dovette passare anche per i“campi di filtraggio” dove veniva verificata l’attività svolta dai cittadini sovietici che erano stati fatti prigionieri. Qual è attualmente il livello di conoscenza di queste vicende nella Russia attuale?

 

S.M.: Negli ultimi tempi i documenti del KGB che riguardano la storia di quel periodo vengono dissecretati e perciò storie analoghe a quella di mio nonno vengono conosciute e trovano riflesso in pubblicazioni, libri, film, articoli eccetera grazie al lavoro di giornalisti ed opinionisti.

 

Lei come percepisce il fenomeno del neofascismo in alcune zone dell’ex-Unione Sovietica come gli stati baltici e l’Ucraina?

 

S.M.: Ne sono colpito molto sfavorevolmente. Il ritorno del fascismo è un colpo inferto ai più profondi valori umani.

*
Per approfondire il tema rimandiamo alle pubblicazioni cartacee – e non – a cui si fa riferimento nell’articolo oltre ad alcuni lavori – ed alle loro bibliografie –  che segnaliamo di seguito.
Il libro che per primo ha trattato sistematicamente l’argomento è I partigiani sovietici nella resistenza italiana di Mauro Galleni, edito nel 1967 dagli Editori Riuniti.
Per un inquadramento generale del fenomeno rimandiamo al libro di Marina Rossi: Soldati dell’Armata Rossa al confine orientale 1941-1945. Con il diario inedito di Grigorij Žiljaev, edito nel 2014 da Leg edizioni, ed in particolare al primo capitolo Partigiani sovietici nelle file della resistenza italiana (1943-1945): uno sguardo di sintesi.
Segnaliamo il libro di Michail Talalay, Dal Caucaso agli Appennini. Gli azerbaigiani nella Resistenza italiana, edito nel 2013 da Sandro Teti Editore e I partigiani sovietici della VI zona ligure, edito nel 1975 per conto dell’Associazione italiana per i rapporti culturali con l’Unione Sovietica.

Rimandiamo infine alla recente intervista di Maurizio Vezzosi all’Ambasciatore della Federazione Russa in Italia Sergej Razov pubblicata da L’Antidiplomatico ed al documentario sul partigiano Vladimir Pereladov  “Bello Ciao” realizzato da Valeria Lovkova.

Io, la Banda Bassotti e un viaggio ai confini dell’Ucraina

di Maurizio Vezzosi

Il viaggio della Banda Bassotti e della Carovana antifascista al confine tra Russia e Ucraina. I concerti, la solidarietà, la frontiera da non oltrepassare.

È domenica pomeriggio, e camminando quasi si suda: fa caldo a Donetsk, cittadina di cinquantamila abitanti del sudovest russo, omonima della più nota Donetsk nei territori dell’Ucraina orientale al centro delle contese tra esercito di Kiev e milizie popolari della Nuova Russia. Nonostante a pochi chilometri di distanza si combatta l’atmosfera appare quella di un piacevole fine settimana quasi estivo. Niente a che fare con il già severo autunno moscovita. Nel piccolo centro del meridione russo a ridosso del confine è arrivata da qualche giorno la carovana antifascista promossa dalla Banda Bassotti, che alloggia in un complesso un tempo utilizzato dai Pionieri del Pcus per i campi estivi ed altre attività.

Ad accogliere la carovana all’entrata del complesso c’è un grande cartellone di epoca brezneviana: «La salute è la nostra principale ricchezza». Appena il tempo di assaporare questa madelaine che la nostra mente è già alla ricerca del tempo perduto. Tempo che non ritorna, cantava qualcuno. Un tempo da alcuni mai vissuto, ma che ha avuto per tutti il sapore amaro della sconfitta, dentro una Storia di cui si è decretato la fine un paio di decenni or sono, facendo sprofondare le vecchie e le nuove generazioni in un sonno senza sogni.

Eppure, poco distante come a migliaia di chilometri, si combatte.

L’arredamento del posto è quello originale, probabilmente con la sola differenza delle singolari tinte (rosa e celeste) utilizzate per il rinnovo delle pareti. Originale è anche la nostra colazione, non esattamente mediterranea: uova fritte, pane col burro, cetrioli e wurstel accompagnati da tè o succo ai frutti rossi.

Mentre facciamo per allontanarci dal complesso sopraggiunge una chiassosa comitiva, che precede di poco l’arrivo di una sfarzosa macchina nunziale: salutiamo i due giovani sposi venuti a celebrare il loro pittoresco matrimonio nella chiesetta adiacente. Fuori cani, gatti, anatre e galline fanno da padroni, talvolta anche in mezzo alla strada, senza creare particolari problemi a nessuno. Poco distante una piazzetta: al centro un memoriale ai caduti dell’Armata Rossa. Qualcuno porta a spasso i bambini, altri discutono animatamente e gruppi di ragazzini improvvisano spericolate gare di velocità con le biciclette.

La piazzetta è ad appena dodici chilometri dalla frontiera: una riga grigia, crudele, tirata tra popoli legati da secoli di storia comune. Una frontiera che il 13 luglio scorso non ha impedito che alcuni colpi d’artiglieria dell’esercito ucraino cadessero in territorio russo, centrando un’abitazione della cittadina con il grave ferimento di due persone e la morte di un’altra. Una frontiera tra le più affollate sul confine orientale, dalle quali sono transitati centinaia di migliaia di profughi verso la Russia.

A Donetsk, non tutti sanno della carovana antifascista, e la nostra presenza suscita una certa curiosità tra la gente per strada.

Fermiamo il primo taxi che passa: alla guida un uomo come tanti, sulla cinquantina. Un’effige ortodossa sul cruscotto, il nastro di San Giorgio legato allo specchietto retrovisore. «Siamo italiani, siamo qui per sostenere la resistenza antifascista». Tace, annuisce, pur rimanendo pressoché impassibile dietro gli occhiali da sole. Ma non ci sfugge la sua emozione.

Dopo una serie di tortuosi sali-scendi sulle aride colline fuori città capiamo di essere arrivati a destinazione cominciando a scorgere una fila chilometrica di veicoli incolonnati. Furgoni, Volga, vecchie Lada, qualche utilitaria occidentale o asiatica di nuova generazione: ma sul lato destro della strada più che il modello dei veicoli salta all’occhio la quantità di oggetti che questi trasportano. Taniche di carburante, acqua, cibo.

A Lugansk, meno di venti chilometri dalla frontiera, la vita è dura.

Il tassista supera velocemente tutta la fila per arrivare davanti al punto di frontiera: «Voinà» (guerra), dice volgendo il capo al serpentone d’acciaio. Tira il freno a mano e ci ringrazia: «Spasiba». Obbiettiamo di non aver ancora pagato la corsa, ma fa cenno di no con la testa: gli occhi quasi gli brillano. Ci impuntiamo, e dopo una breve discussione buttiamo duecento rubli sul cruscotto. Accenna un sorriso, ma torna subito serio. Chiudiamo gli sportelli con i finestrini ancora abbassati, e questa volta il tassista lascia libero il suo sorriso, e ci saluta con la voce grossa: «No pasaran!». Attoniti per un istante replichiamo a nostra volta: «No pasaran!».

Una manovra, due colpi di clacson, e se ne va. Qualcuno alza il pugno chiuso, finendo per richiamare l’attenzione della gente in fila. «Italiani? Che ci fate qui?». Spieghiamo le nostre ragioni, e lo sforzo linguistico viene ricompensato da un immenso calore umano, a volte con abbracci e sorrisi, altre con la schietta sincerità degli sguardi induriti dalla sofferenza e dal dolore.

«La mia casa appena fuori Lugansk è nelle mani dei fascisti del battaglione Azov», ci racconta Vladimir, quarantasette anni, mentre tiene in mano un coltello serramanico e ne accarezza il filo della lama. Come tanti altri per guadagnarsi da vivere si è improvvisato tassista: dalla frontiera porta in città chi arriva a piedi o chi deve tornare indietro dopo aver fatto provviste.

Risaliamo il serpentone di mezzi incolonnati tra gas di scarico e la polvere delle colline dalle quali da secoli si estraggono minerali. Dietro una vecchia Lada carica di provviste e con alcuni pneumatici legati sul portapacchi spuntano i corni di una capra. Eccone un’altra, e un’altra ancora. E qualche metro più in là c’è Lisa, una vecchia contadina del posto: un fazzoletto legato intorno al viso coperto di solchi profondi che non coprono la dolcezza dei suoi tratti. «Che Dio vi benedica», esclama porgendoci il cesto di frutta che tiene in mano. Insiste, convincendoci a prendere con noi quattro o cinque delle mele che ha faticosamente raccolto. La salutiamo riprendendo a camminare di fianco alla fila di mezzi.

Il riflesso del sole che si abbassa sui vetri dei veicoli non copre la stanchezza e lo scoraggiamento di chi attende da ore di ritornare nell’inferno di casa propria.

Prendiamo un altro taxi, che ci accompagna nella piazza principale della cittadina, dove sta per suonare la Banda Bassotti. Sul lato destro della piazza il monumento di Lenin, la cui mano indica proprio il punto in cui viene allestito il palco: «Deduska Lenin» (nonno Lenin), ci dice qualche ragazzo ridendo. Il concerto viene accolto da un incredibile entusiasmo popolare.

Donne, uomini, ragazzi, vecchi e bambini. Nikolaj, sessantacinque anni, ci racconta la sua storia: è un chirurgo. Negli anni Settanta è stato inviato in Niger per una missione umanitaria. Colpito dalla nostra presenza, sul momento di salutarci mette mano al portafoglio e fa per darci dei soldi. «Il mio contributo», dice. Gli indichiamo alcuni punti di raccolta fondi per la Nuova Russia, ma scrolla la testa e insiste: «Per voi, per voi». Rifiutiamo.

Nel frattempo il sole tramonta, con due ore o più d’anticipo sul tramonto d’occidente. Torniamo nel complesso in cui siamo ospitati, dove ci aspetta una delegazione di miliziani venuta da Lugansk: si scusano. La situazione militare non offriva garanzie sufficienti per il passaggio oltre confine di tutta la carovana e per i concerti previsti in Nuova Russia.

Vengono consegnati aiuti e denaro, e la Banda Bassotti prende in mano gli strumenti. I cori delle canzoni di lotta risuonano nel silenzio dell’oscurità. Nelle Repubbliche popolari scatta il coprifuoco in un buio oceanico: la corrente elettrica scarseggia e l’illuminazione pubblica è pressoché inesistente. Un buio profondo, spesso squarciato dal fuoco dei missili Grad e Tornado, sparati con disinvoltura su abitazioni e luoghi pubblici dall’esercito ucraino.

Una notte in cui l’oscurità del cielo sommerge i nostri pensieri. Una notte abissale, vorticosa. Una notte nella quale si alzano dei lamenti che rompono il nostro sonno pesante. I lamenti di quelli che hanno pagato, quando l’unica moneta era il sangue da versare.

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